Música

Los Caballeros de la Quema, ecos de un murmullo irrepetible

Si a mitad de los años ochenta dos bandas –Patricio Rey y Sumo- anticiparon con sus letras, el sonido, la estética y su rock ecléctico que con la democracia no se iba a comer ni a curar ni a educar, a comienzos de los noventa varios grupos profundizarían esa vertiente: la sucesión natural de Sumo –Las Pelotas y Divididos- y también tres bandas jóvenes: La Renga, Los Caballeros de la Quema y Los Piojos.

Mi amistad con Iván Alvarez Noble me permitió ser testigo directo de todo el proceso de Los Caballeros, desde sus inicios de esa década hasta el doloroso final, allá por el 2002.

Iván, en 1990, estaba aburrido de cursar Sociología en la UBA. En los pasillos de Marcelo T, junto al también aspirante a sociólogo, el guitarrista Martín Méndez, pensaron en armar una nueva banda. Tenían una espina con la música: en el secundario habían compartido un grupo de tintes sinfónicos, El Aleph. Junto a un amigo de Méndez, el bajista Martín Cachi Carro Vila, armaron Los Caballeros de la Quema y probaron cantantes femeninas. Noble se conformaba tocando la batería y escribiendo las letras. La vocalista elegida fue Norma Marzano. La experiencia duró poco. Noble prefirió interpretar él su propia poesía. Buscaron un baterista –Cristian Bonomo-, Iván dejó los tambores y se convirtió en frontman. También tomó otra decisión: se mutiló el apellido. Creó a Iván Noble y empezó a subir al escenario en cuero y con shorts de jeans, impostando la voz muy grave, para empardarle a la bola de sonido que soltaban sus compañeros. De entrada, las minas se le tiraron a los pies. Sus amigos nos codeábamos: ese tipo no era el pibe de clase media de Ituzaingó al que frecuentábamos los domingos a la noche en el ph de sus viejos, para comer pizza, ver Fútbol de Primera y putear a Marcelo Araujo.

Los Caballeros sonaban crudos y versátiles. Méndez era un guitarrista abierto, estudiaba mucho y escuchaba todo lo que estaba saliendo. Carro Vila vivía obsesionado con el funk de James Brown, de Ian Dury y de Prince, pero también con las canciones de Lou Reed y de Calamaro, que a comienzos de los noventa vivía exiliado en España, sin éxito en Argentina. El Nene Javier Cavo reemplazaría más tarde a Bonomo. Cavo, un melómano fan del rock inglés y americano, sumó oscuridad y potencia desde los tambores. En una gira veraniega, Pablo Guerra, que había quedado libre de Los Piojos, fue subido a la cofradía y aportó su toque Richards y acercó a Bob Marley. Sobre esa banda que se movía con comodidad y alegría desde la canción hasta el funk, pasando por el reggae, el hardcore, el mid tempo, el rock and roll y la balada, bailó y pensó la birome inspirada de Iván Noble.

Noble leía con atención a los narradores americanos: Carver, Miller, Mailer, Bukowski (no sólo sus cuentos y novelas; además sus bellos poemas). También estaba atento a la pluma de Enrique Symms en Cerdos y Peces; a sus constantes viajes en tren en el Sarmiento; a los apuntes de la carrera y a las nuevas experiencias que afloraban en la sala de ensayo, tanto en primera como en tercera persona, gracias a los entornos que rodean a toda banda de rock. Leía las letras de Lou Reed en castellano, pero sobre todo las del autor más influyente del rock nacional en esos años: Joaquín Sabina. Noble prendió la licuadora y construyó su poética. Las letras de los Caballeros brillaron y se destacaron por encima de las de todas las bandas nuevas.

Manos Vacías fue editado en 1993 por Iguana, un subsello de BMG. Repasando hoy las canciones de aquel disco inaugural, quizás en el debe esté lo lejos que Noble anduvo en cuanto a afinación (no se había inventado el Auto Tune y en los temas más podridos se nota demasiado). Su poesía permanece intacta. En ese primer disco se grabó el himno “Patri”, una canción de una belleza descomunal en donde retrataba la popularización del consumo de cocaína, la precarización laboral de los noventa y la violencia de género. También en ese disco, hay un reggae que sigue teniendo una triste vigencia: “Los inundados”. El estudiante andaba con el ojo afilado para fotografiar la descomposición social: “Tibia Peste”, “Buenos Aires Esquina Vietnam” y “Primavera Negra” son postales agudas de los ’90. También había espacio para el reggae y el rock crudo de cariz filosóficos, como “Gusanos o el clásico “Carlitos”.

Si bien no tuvieron un éxito inmediato, la banda contó con padrinazgos de lujo desde el vamos. Pergolini –se lo oía en cadena nacional en esos años- llegó a pasar entero “Milwakee”, un tema que duraba ocho minutos, una suerte de policial negro hecho canción. Esa bendición les permitió a los Caballeros llenar Arpegios automáticamente. Arriba de un taxi, recién llegado de España, Sabina los escuchó por radio y los invitó a telonearlo en Ferro. Los músicos de Divididos y Las Pelotas se acercaban a ellos entre semana. Me acuerdo una noche en la sala de la calle Pellegrini, en Morón. Jorge Crespo, manager de Las Pelotas, lloraba de la emoción con el asistente Pepe Luis (al que luego inmortalizarían los Divididos) cuando Noble y Guerra tocaron en una criolla la canción “Mientras haya luces de bar”. Lanata y Castelo se iban de copas al VIP del Roxy en Congreso a escucharlos en directo. Celeste Carballo les declaraba su amor incondicional.

Sangrando, el segundo disco, no mostró grandes modificaciones. Los Caballeros seguían el exacto rumbo de Manos Vacías, aunque con mejor audio. Había funk y reggae con temáticas sociales, había grandes canciones como la muy Richards “Casi Nadie” o el rock “Pejerrey”, también de corte stone. Comenzaba a asomar el Noble depredador sexual en temas que hoy serían muy polémicos (”Estupro”, “Sangrando”) y aparecía al final del disco el Noble perdedor en una bossa nova que sorprendía por el estilo, pero también porque Iván cambiaba el eje y se animaba a hablar de él y de sus amores, algo que con los años cambiaría la marca Caballeros y ampliaría la grieta interna.

Después de Sangrando se produjo la salida de Martín Carro Vila. Fue como suelen ser las salidas de los músicos de rock: en pésimos términos. Entró un pibe que los seguía a todos lados y se sabía todos los temas: Patricio Castillo.

Por aquellos años sucedió algo curioso. Noble nos dio a mi banda de entonces, Los Corazones Solitarios, una canción muy bonita de su autoría para competir como candidata a banda sonora de un film de Marcelo Piñeyro. En Los Caballeros ese tema no tenía lugar. ¿Por qué? Acababan de editar su disco y, según justificó Iván, si había distintos cortes radiales el público podía desorientarse. Tampoco podía grabarla solista, para no avivar los celos grupales.

Eran excusas parciales. En los primeros noventa, durante el reinado del rock barrial a nivel nacional -y del grunge a escala global- una canción (lo que nosotros llamamos “canción”: un tema con melodías y una letra sensible) podía “mariconear” la cosa.

Grabamos dos versiones. El tema era para “Caballos Salvajes”. Perdimos –nos cansamos de perder en los noventa- contra “Algún lugar encontraré”, de Andrés Calamaro. La canción en cuestión se llamaba “Hasta estallar”, nada menos. En el disco siguiente, Perros, perros y perros, Los Caballeros, más abiertos, la grabarían y, encima, contarían con el aporte vocal de León Gieco.

El tercero, Perros, perros y perros será, justamente, un disco de apertura. Aunque en un punto fue más anárquico –no contó con ningún productor, a diferencia de sus antecesores, producidos por Guido Nisenson-, Los Caballeros le dieron más espacio a la canción. Como dijimos, se animaron a incluir “Hasta estallar” pero también la sabinesca “Mientras haya luces de bar”, clásico de sus shows en vivo. “Noviembre”, además de ser una canción de amor, tenía la responsabilidad de abrir el disco. Otro detalle: “Noviembre” y sus reminiscencias beatlescas, en la armonía y los coros –por ahí andan las voces de mi hermano Mariano, durante esos años, de gira con ellos-. En esa época de mímesis y devoción por Sumo, Los Beatles habían estado “proscriptos” en los discos iniciales, al menos por autocensura, por miedo a la condena de “la Monada”. “No Chamuyés”, otro de sus reggaes optimistas, fue corte de difusión. El video lo hizo el cineasta Raúl Perrone. Eran tiempos de maridaje entre Perrone y Noble: las canciones de Caballeros y las películas de El Perro retrataban universos similares.

Allá por el ’97 Los Caballeros ensayaban en el garaje de la casa de mi hermano en el Barrio Aeronáutico en Ituzaingó. Yo vivía a dos cuadras. Una tarde fui a visitarlo. Estaba toda la banda reunida en una pieza con un tipo petiso de barba que hablaba con mucha autoridad y que un momento confundí con su primer manager, Jorge Bichi Minosci. El tipo hablaba convencido y los Caballeros lo escuchaban en silencio como a un gurú.

Puse la pava y oí de costado.

-Ustedes son una de las grandes bandas de rock del país. Solo tienen que hacerme caso y el año que vienen van a ser la banda número uno.

Yo pensaba que el tipo estaba loco. Sentía que nada bueno podía salir de ese chalet húmedo, sucio, con soretes de perros por todos lados y olor a porro impregnado en las paredes y las alfombras.

Era Afo Verde y estaban empezando la pre producción de La Paciencia de la Araña, el disco que significaría la gran explosión de Los Caballeros, pero también, como suele ocurrir en muchos grupos, su implosión.

Hoy Afo Verde es un hombre esencial de la industria de la música a nivel regional.

Unos meses después, en el departamento de nuestro amigo Fernando Harguindey en Gesell, Iván, que estaba junto a su novia de entonces, Romina Dona, nos mostró una nueva canción, se llamaba “Avanti Morocha”. Cuando la terminó, grité:

-¡150 mil copias!

Algo así vendió La Paciencia de la Araña, disco que grabaron en Los Angeles, con todo el presupuesto de la compañía BMG a su disposición (una limusina fue a buscarlos al aeropuerto; pasaron un mes grabando en el exterior; la sección de vientos era la de Phill Collins).

Al año siguiente, “Avanti Morocha” era la canción del verano. Noble ya no salía con Romina, andaba con Natalia Oreiro o con cuanta actriz de moda se le cruzara, su cara aparecía en todas las revistas, hasta se peleaba con Rial por televisión. La profecía de Afo se había cumplido. “Avanti Morocha”, “Oxidado”, “Orsai”, “Huelga de Princesas”, todos los temas de La Paciencia sonaban en las calles, en los bares, en el supermercado, colgaban de los estéreos de los autos que te pasaban por al lado cuando esperabas el bondi. Los muchachos hacían su Obras, giraban por todo el país, iban a la televisión a los programas Prime Time. Salir con Noble era ir a lugares con champán gratis garantizado y un panal de chicas rodeándolo.

Noble se convirtió en una celebrity. Gracias a “Avanti Morocha”, su cuenta de Sadaic tocó las nubes. Esa desigualdad en éxito y dinero nunca fue bien digerida por sus compañeros y marcó el principio del fin.

La banda entró a grabar Fulanos de Nadie con las aguas turbias y las internas al palo. Encima, Noble ingresó afilado a estudios –también en Los Angeles-: metió “Sapo de otro pozo” y “Otro jueves cobarde” -en colaboración con Joaquín Sabina, que además cantó de invitado-, dos muy buenas canciones, dos hits radiales. La grieta monetaria se siguió ampliando.

Entonces sucedió lo inesperado.

Era de tarde y llovía. Era martes, creo. Yo veía al Barcelona en lo de mi abuela. Saviola hizo un golazo por Champions. Llamé a Noble a su casa de Leloir.

-¡Golazo del Conejito!

-Pará, Rulo. Falleció Garfield.

Ariel Caldara, el pianista de la banda, había muerto súbitamente. Fue el golpe de knock out.

A los pocos meses, en medio del dolor y de las internas crecidas, Iván conoció a Julieta Ortega. Eso exasperó aún más a sus compañeros, que no aprobaban el perfil de famoso que su cantante había abrazado.

Hubo varias reuniones grupales para acercar posiciones. No hubo caso.

La banda prefirió seguir sola y armaron Vale 4. Noble no dijo nada, aunque supo que hacía negocio. Terminaban las peleas, las discusiones eternas sobre las autorías, los arreglos y las listas de temas. Empezaba su carrera solista.

Fue el único que pudo sostener, y hasta hacer crecer, su kiosco. A los demás se les hizo cuesta arriba.

Martín Mendez se destacó como productor de muchas bandas en estos años. Entre ellas, hizo evolucionar el sonido de los ascendentes Pérez García, produjo casi todos sus discos. También armó su propio grupo, Sendero.

Pablo Guerra tuvo pasos fugaces por Las Pelotas y por la banda de David Lebón. Sacó un disco solista. Con el Nene Cavo formaron No Tengo, un lindo proyecto que naufragó por sus diferencias personales, no por su potencial. El Nene fundó Los Vidrios. Pato Castillo se fue alejando del rock y se metió de lleno en el tango. Hoy estudia y toca el bandoneón.

Fueron quince años de desencuentros, de algunas hostilidades y resentimientos contra el frontman, que tal vez ahora queden en el olvido o, al menos, en un lógico stand by. Nunca es fácil pasar de la primera del rock a los pubs en donde en medio del concierto ves que el sonidista da vuelta tu monitor y lo apunta hacia el público porque las cajas se desconaron; o en donde el bolichero te descuenta las siete Palermo que te tomaste a doscientos mangos cada una, y te volvés en pedo y endeudado a casa. Lo dijo Rodolfo García, batero de Almendra, y lo repito siempre: “En Argentina hoy llenás Obras y mañana cargás equipos”.

Los Caballeros se juntan este 23 de junio en el Estadio Unico de La Plata a rememorar sus buenos viejos tiempos. Anuncian un solo concierto. Si son inteligentes, y se apoyan en todo lo que los unió, más que en aquello que los separó, quizás puedan tocar y girar más, divertirse, trabajar y pasear sus canciones por varias ciudades del país.

Depende de ellos.

Por Rodrigo Monigot para La Agenda Buenos Aires

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