Música

Black Sabbath se despidió a lo grande de Córdoba

Estado mental que se caracteriza por una gran inquietud y una intensa excitación, esa la definición de ansiedad, la palabra que invadió a Córdoba y la región desde que se anunció que Black Sabbath iba a tocar en el Orfeo Superdomo en el marco de su gira despedida denominada «The End». La espera perdió su ansiedad y finalmente llegó el miércoles 23 de noviembre, fecha en que tuvo lugar el concierto de la banda fundadora del metal.

Anoche Black Sabbath dio un show histórico de una hora y media ante 6000 personas que, posiblemente, no se olviden más de lo que ocurrió. La calidad y la claridad sonora se sumaron a las estupendas canciones, los densos pasajes musicales y la emoción de ver a Ozzy y los suyos. El resultado fue un cóctel musical magistral.

Desde temprano el público fue llegándose a las inmediaciones del domo para vivir la previa, entrar a ver los grupos teloneros , algunos más fanáticos, ver si podían ingresar a la prueba de sonido. Miles de remeras negras poblaron la zona y permanecieron en el sector toda la tarde. Llegando a las 19 hs el tránsito se puso más denso pero igual fue escalonada la llegada al lugar. Por el escenario pasaron primero los cordobeses de Hammer y luego fue el turno Rival Sons, con poderoso sonido.  Cerca de las 20 30 se pudo ver cómo acomodaban las pantallas, los últimos detalles del armado y cómo el público buscaba ubicarse. La parte de las tribunas estaba casi repleta, mientras que fue notorio el vacío en varios espacios del campo.

Pasadas las 21 10 las pantallas se encendieron y empezó una poderosa introducción. La ovación no se hizo esperar y Tommy Iommi, Geezer Buttler y  Ozzy Osbourne pisaron las tablas acompañados por Tommy Clufetos en batería.  Así sonaron los primeros acordes de  «Black Sabbath» , esa ópera negra con tanto suspenso y pausa. Ni bien sonó la voz de Ozzy todos los presentes pudieron percibir que el padre del heavy está  en formol. No sólo por conservar su caudal y registro; sino también por conservar el color y el timbre tan particular de voz . Eso, sumado a los sonidos de los tres instrumentos combinados marcó un viaje directo a principios de los 70.

Lo que siguió fueron 13 canciones incendiarias que llenaron el espacio molecular del recinto.  «Fairies Wear Boots», «After Forever», e «Into The Void» fueron la arremetida inicial.  Ozzy se mostró como un veterano boxedor, esos que se ubican en el centro de ring para maximizar recursos y minimizar esfuerzo. Él se ubicó en el centro del escenario y, con algunos gestos, pocos movimientos, una garganta en estado notable, y varias sonrisas se metió a los cordobeses en el bolsillo.

La gente se sacó con «War Pigs»,  «Wall Of Sleep» y «NIB». Fueron momentos de sonidos espesos y coreo general. Tal fue el cántico de la gente que nos privó del «Oh yeah» más lindo de la historia incluído en «NIB».  Ya por ese entonces Tommy Iommi, apoyado en su SG, dio claras muestras de ser el director musical del grupo. También, vale aclarar que nuestro oído viciado de tantos años de rock nos da una falsa impresión de que hemos escuchado ese sonido, arreglo o riff. Sucede que Tommy fue quien inventó ese yeite. Toca sin yeite lo que todo el rock, de 40 años par acá, hace con yeite.

El tramo final contó con la potencia «»Rat Salad»,  el descanso de Ozzy para que los músicos hicieran de las suyas con sus respectivos solos, y el contundente riff de «Iron Man» coreado por la multitud que se vio tapada por el aplastante sonido de la banda, al borde se la saturación.  El final llegó con la veloz «Children Of The Grave», para regresar al escenario y dar la última estocada con «Paranoid», donde el público se fundió en un gran pogo y, sobre el final del mismo, la gente de las tribunas deseosa de pogo tomó por asalto el campo. Fue un cierre magistral. Los músicos se abrazaron y agradecieron al público.

El stoner, el blues rocker,  el doom, y el heavy metal tuvieron su expresión más cabal en la noche del 23 de noviembre de 2016, el día en que Black Sabbath dio su único y último show en Córdoba. La despedida, lejos de ser lacrimójena, fue fervorosa y contundente. Como si el tiempo se detuviera para siempre.

Por Santiago Ramos

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